La gran mentira del emprendimiento

Las cifras son descorazonadoras: del total de 1.680.000 autónomos/as que se beneficiaron de la tarifa plana en la cuota a la seguridad social, tan solo 211.000 siguen manteniendo su negocio.

Con estos datos parece obvio que la llamada "tarifa plana del autónomo" es una magnífica herramienta para la creación de nuevos negocios y por lo tanto para la disminución en las listas de un gran número de desempleados. 

Lo que no parece es que sea una medida adecuada para la generación de actividades empresariales rentables: no hace falta ser un lince para deducir que de ese millón y medio de negocios, la gran mayoría cerraron por ser inviables económicamente.

Y es que, desde el comienzo de la crisis, numerosas instancias -desde las administraciones publicas, entidades privadas y medios de comunicación- han lanzado de forma insistente mensajes animando a la población a emprender su propio negocio, se ha difundido una imagen general del emprendedor exitoso con ejemplos de empresarios -y alguna empresaria- que había conseguido liderar su sector a base de innovación y visión de futuro. 

Y, lamentablemente, ese mensaje en positivo unido a una situación de desempleo -que llegó a ser del 25% en 2012- y las medidas públicas para fomentar el trabajo autónomo (capitalización del desempleo, tarifa plana en la seguridad social, licencias "express" para aperturas de comercios...) dieron lugar a la gran burbuja del emprendimiento de este país.
Búsquedas en Google durante los últimos diez años de la palabra "autónomo".

Otro de los mantras que han circulado, desde el inicio de la crisis y de la burbuja emprendedora, ha sido la perder el miedo al fracaso, poniendo en valor los valiosos conocimientos que el fracaso proporciona a quienes emprenden. Resultaba también paradójico que estos mensajes -en ocasiones- fueran emitidos por administraciones públicas que orientaban e incentivaban sin ninguna competencia práctica en el mundo de la creación de empresas.

El resultado, ya lo vemos, ha sido un monumental fracaso que ha abocado a muchísima gente a un grado de pobreza mayor de la que partió. 

En la mayoría de los casos, sus prestaciones por desempleo en lugar de permitirles la oportunidad de formarse y reciclarse mientras buscaban nuevas oportunidades laborales, se utilizó íntegramente en la inversión del nuevo negocio y/o en las cuotas de la seguridad social. Muchas de estas personas, además, financiaron parte de ese negocio a través de entidades de crédito a las que, tras bajar la persiana, siguen pagando su deuda.

Y es que lo importante a la hora de emprender era tener una actitud positiva, creencia en uno mismo, perseverancia ante la adversidad, resilencia... y no parecía tan necesario tener conocimientos básicos de economía, conocer mínimamente la legislación o ser capaz de estudiar el mercado... todo se dejó en manos de la ilusión y la motivación personal. 

No hubo poder público o privado que tuviera la valentía de evitar esta catástrofe, el modelo estaba funcionando y nadie quería ser un aguafiestas.

¿Nos servirán estos datos para reflexionar? 

No lo creo, actualmente vivimos otra burbuja: la de la (supuesta) economía colaborativa, un nuevo boom de actividad empresarial con una aureola de modernidad y libertad, que enmascara relaciones laborales de precarización, inciertas contribuciones fiscales y dudosa responsabilidad ante imprevistos. 

Lamentablemente, este debate no está encima de la mesa y se suele esconder bajo falacias argumentativas que polarizan posiciones sin proporcionar todos los datos para que la ciudadanía logre tener una opinión basada en la reflexión personal.